domingo, septiembre 17, 2006

Anécdotas curiosas. Vol. 6: En el sepelio de mi tío

En Venezuela existe una costumbre que yo no termino de entender muy bien: cuando alguien fallece, los familiares insisten en mostrar el cadáver en la urna a cuanta persona asiste al velorio. Ya me ha ocurrido varias veces. En cuanto cruzas la puerta de la capilla, un familiar lloroso te toma de la mano y te guía hacia el féretro con frases invitacionales "Mira qué lindo quedó" "La verdad, quedó igualito" "Ven para que lo veas, está tan plácido, parece como si durmiera". Una vez que llegas a la urna, haces tu mayor esfuerzo por disimular cualquier impresión que te pudiera haber producido la imagen, esbozas una pequeña sonrisa de simpatía con el familiar y le respondes utilizando la frase de invitación con que te guió hasta allí: "Sí, quedó lindo" "Sí, la verdad, quedó igualito" "Sí, cuánta placidez, ¿No? es tal cual como si durmiera". Luego, vuelves a tragar grueso, para intentar dejar en el olvido el incómodo momento y seguir adelante y con compostura en la ceremonia. Algunas personas te invitan a ver a su familiar difunto como señal de halago, como una manera de hacerte saber que te tienen en alta estima "¿Por qué no pasas y lo ves? ¡Porque tú eres mi pana!" me dijo una vez un amigo, en la tristísima ocasión de la muerte de su hijo. Respiré profundo y lo complací.

Cuando murió mi tío abuelo, mi nana estaba de vacaciones. Así que entre mi hermana y yo debíamos decidir cuál de las dos iría al velorio y cuál al entierro, para no dejar la casa totalmente sola en ningún momento. Me adelanto y le sugieron a mi hermana que vaya ella al velorio, la convenzo con argumentos más bien baratos "El entierro es peor, Laura, la gente llora mucho allí, mejor vete al velorio, que es más tranquilo y yo mañana voy al entierro". Todo era una estrategia que tenía como única y soterrada intención el librarme de la incómoda invitación a ver a mi tío muerto y no tener esa imagen en mi memoria nunca. Laura, tan linda, aceptó ir al velorio. Y yo, triunfante, me quedé en casita, imaginando a Laura respondiendo forzadamente "Sí, quedó igualito" a alguno de mis primos. A su regreso, la abordo "Chama, ¿Te hicieron ver a mi tío?" y ella, muy tranquila, me dice "No, la verdad, no me dijeron nada de verlo". "¿Habrán cambiado las cosas?", pensé.

Al día siguiente, me voy con mis padres al entierro. Llego al cementerio, me acerco a mi primo y le doy el pésame, una de esas frases trilladas que son las únicas que nos vienen a la mente en esos momentos y que, sorprendentemente, son mejor recibidas que un silencio acompañado de un abrazo, quizás más sensato. Mano en el hombro, "Caramba, primo, cuánto lo siento". Mi primo, por toda respuesta, se volteó y me miró por segundos, como hurgando en su memoria. De pronto, me espetó:

- Tú no lo viste ¿Verdad?
(¿¿Cómo?? tengo que haber escuchado mal, ¿cómo que si no lo vi?)
- ¿Perdón?
- Tú no viste a mi papá, porque no viniste anoche, ¿No?
(!!!!!!) (¿Cómo? ¡Claro que no lo vi!) Decidí responder calmadamente, algo que distrajera su atención del tema.
- No, primo, no lo vi. ¿Cómo están tus hijas?
- ¿No lo viste? Tranquila, yo lo abro para que lo veas.
- (!!!!!) Tranquilo, primo, si quieres no te molestes, de verdad...
- No, por favor, no es molestia, vamos.

Me tomó de la mano, caminamos rápido entre las tumbas hacia el féretro de mi tío, que estaba sobre la grama esperando a que llegara el resto de la familia y amigos para empezar la ceremonia. Llegamos y, ante mis ojos asombrados, giró el tornillo que aseguraba la tapa... ¡Y abrió la urna!

- Quedó igualito, ¿Verdad, prima?

1 Comentarios:

A la/s octubre 06, 2006 10:24 p. m., Blogger Jose Urriola dijo...

Hola Ro:
De verdad que es una costumbre deplorable esta que tenemos de mostrar al muerto. Además es mentira: jamás quedanigualitos, nadie se maquilla ni se peina ni se arregla así. Es una fantasía ridícula de estilistas frustrados que tienen los maquilladores de las funerarias.

 

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