jueves, septiembre 21, 2006

Anécdotas curiosas. Vol. 7: El pasajero desagradable en el vuelo Caracas-México

Fabián y yo regresábamos a México, procedentes de pasar la Semana Santa en Venezuela cuando, en el momento de abordar el vuelo, notamos que un hombre parado en medio del pasillo se tomaba todo su tiempo en guardar su equipaje en los compartimientos superiores del avión. Tras él, se formó rápidamente una fila de pasajeros que se vieron obligados a esperar a que el individuo tuviese a bien acomodar sus bolsos y sentarse, para que ellos pudieran entrar y hacer lo propio. A pesar de que el volumen de los comentarios procedentes de la fila iba aumentando, él parecía ni enterarse, cuando, de pronto, volteó en mi dirección. Aproveché entonces el contacto visual para brindarle, desde mi asiento, mi más dura mirada de desaprobación, acompañada del respectivo gesto de negación con el rostro “Cómo puede ser que abuses así?”. Él, en vez de responder a los comentarios -y quizás a mi mirada- con una aceleración de sus tareas, me ofreció en respuesta una sonrisita de satisfacción, acompañada de una mirada de “Sí, soy yo”.

(“¿“Sí, soy yo”?” “¿Cómo que “Sí, soy yo?, ¡Si yo no te conozco!”)

Le respondo entonces con mi más elaborada mirada de negación. Cejas fruncidas, gesto extrañado “No, yo no te conozco”. Y volteo rápidamente, para restarle toda atención. Me quedo entonces pensando… más de una vez me he encontrado con esa mirada… pero siempre resulta venir de algún amigo de la infancia a quien no recordé en un primer momento, o algún tío o amigo de mis padres… ¡Pero yo no conozco a esta persona! ¿Será que pertenece a alguna banducha de México o de Venezuela y piensa que cualquiera lo reconocerá al instante? Tiene toda la pinta: brazos tatuados, zarcillos, pelo desordenado… Es que ese es el mal de las banditas latinas, ¡Que sus miembros se creen rock star enseguida!

Pasa un rato en el vuelo cuando, de pronto, el individuo se levanta de su asiento. Alrededor del cuello tenía un cojín curvo de los que se utilizan para dormir en el avión, con estampado de leopardo. Caminó entonces hacia el baño, que quedaba en mi dirección, así que de nuevo cruzamos miradas. Los detalles de no haberse quitado el cojín del cuello al levantarse de su asiento y el estampado animal, fueron para mí clara señal de excentricismo, así que, una vez más, le dediqué una pequeña mirada de desprecio, a su paso. Esta vez su mirada de respuesta fue “Sí, soy yo, ¿Quieres un autógrafo? ¿De esa manera podrás quedarte tranquila?”.

Eso fue demasiado, así que esta vez le lancé con los ojos una irrefutable “No, no, en mi vida te he visto, serás famoso entre tus panas o en tu delirio, pero yo NUNCA te he visto” (siempre he considerado que esas son las miradas que hay que darle a las estrellas –o a quienes creen serlo- cuando lo miren a uno en actitud de sobrado y de autorreconocimiento). Esta vez, acompañé con una negación rotunda del rostro.

Llegamos a destino y veo que el individuo se reúne con otros pasajeros en la cinta de equipaje. Recogieron estuches que parecían de guitarras, de teclados, de maquinaria de sonido. “Aaah, seguro este toca de vez en cuando en el Hard Rock Cafe del D.F. y piensa que uno lo va a reconocer por eso, iluso”.

Semanas después, prendo la tele y están dando en E! Entertainment Television un especial sobre Semana Santa en Margarita. Y de pronto… ¡Veo en la pantalla al tipo del avión! ¡Estaba tocando con su banda en Margarita!.

Resulta que el pasajero desagradable era Jonás, uno de los cantantes de la banda mexicana Plastilina Mosh, muy conocida en Venezuela y, obviamente, en México. Allí todo tomó sentido, las miradas que me lanzaba, las sonrisitas, los gestos… todo era porque, de hecho, el hombre cuenta con cierta fama. Al verlo en tele, cantando, saltando y tal –en contraste con su imagen detenida en pleno pasillo del avión sin reparar en nada más que en su propio ser y su equipaje- me reí y me alegré de haberle dedicado cierto desprecio con mi mirada. Por sobrao, chico.


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