domingo, marzo 18, 2007

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 16: Los Oscars

La verdad, me dio cosita. Me dio mucha cosita, tal como me da todos los años. Me da cosita con los perdedores de los Oscars. Siempre la atención se centra, lógicamente, en los ganadores, pero yo soy de los que se queda pensando en los perdedores. En el montón de ilusiones que se habrán hecho con recoger la bendita estatuita -que seguro ya tendría un lugar imaginario asignado en la mejor repisa de la casa-, en el discurso de agradecimiento a nadie, que seguro quedó arrugado en el bolsillo del traje o en la cartera de diseñador prestada de los candidatos que se devolvieron sin nada más que un saborcito a pérdida y el consuelo de la nominación. Porque ese discursito de “estar nominad@ es ya un gran honor” yo no lo creo mucho, porque si bien es cierto que debe ser lindo estar nominado, también es cierto que perder nunca es igual a ganar.

Y este año, el dueño de mi cosita fue Peter O’ Toole. El señor O’Toole tiene en su haber cinematográfico un total de ocho nominaciones al Oscar como mejor actor principal, por Lawrence of Arabia (1963), Becket (1965), The Lion in Winter (1969), Goodbye Mr. Chips (1970), The Ruling Class (1973), The Stunt man (1981), My Favorite year (1983) y por Venus, de este año. Esto quiere decir que desde 1963, hace ya 44 años, este señor actor se ha presentado ocho veces a la entrega de los premios Oscar con toda su ilusión, sólo para ver que alguien más se lleva el galardón, mientras que a él sólo le toca llevarse a casa el discurso en el bolsillo, el consuelo del honor de la nominación y el saborcito a pérdida. Me parece increíble que a la Academia haya considerado en ocho ocasiones que la actuación del señor O’Toole valía una nominación al premio más importante de la industria cinematográfica mundial y nunca, NUNCA, en ninguna de esas veces, le haya parecido tan destacada como para ganar. ¿Estuvo siempre bien como para nominarlo ocho veces, pero nunca como para ganar una vez?

Este año, con su octava, O’Toole pasó a encabezar la lista de actores con más postulaciones y ningún triunfo en el Oscar, lugar que compartía con Richard Burton, con siete nominaciones cada uno. La diferencia es que Burton murió sin ver a Oscar en ninguna de las repisas de su casa, mientras que O’Toole tiene el que le entregó la Academia en 2003 como premio honorario por su talento destacado, con el que ha proveído a la industria de algunos de sus personajes más memorables. Al menos ese detalle tuvieron, ¿No? De reconocerle con un Oscar “honorario” lo que tanto entregó al cine, sin poder levantarse nunca a recibir el premio al mejor actor.

No sé si vieron la ceremonia, pero la cara de Peter O’Toole cuando escuchó que el Oscar a mejor actor principal iba a Forest Whitaker, fue de asombro y decepción. Parecía decir “¡Qué?, ¡Cómo? ¡Y yo?”. Y no lo culpo. Ya van ocho veces, amigos. Y ya él tiene 75 años. ¿Qué probabilidades hay de que alguna vez se lo otorguen como mejor actor con todas las de la ley, sin que sea algo honorario?. Ojalá pueda ocurrirle como a George Burns, que lo ganó a los ochenta años.

Al menos este año en mi lista de los que me dieron cosita, no entró Martin Scorsese, dueño habitual de esa cosita que me da al final de los Oscars. Eso ya habría sido demasiado.

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