martes, enero 02, 2007

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 11: Rojo escarlata, rojo carmesí, ¿rojo chavista?

Siguiendo la disertación de hace algunas semanas sobre la idea de recuperar el color rojo por lo que siempre fue, un hermoso color y no una ideología política, les cuento algo.

Cuando era niña vi una comiquita protagonizada por Bugs Bunny y Elmer, el gruñón. En este dibujo animado un avión de una compañía teatral descarga sin querer una serie de sombreros pertenecientes a uno de sus montajes. Los sombreros caen entonces sobre la cabeza de Bugs y Elmer y, mágicamente, ellos entran en una especie de trance del que salen para interpretar a los personajes a los cuales corresponden esos sombreros. Si un velo nupcial cae sobre el conejo, él se transforma en una novia desesperada que persigue a Elmer para casarse con él. Si unas trenzas de doncella vienen a dar a la cabeza de alguno, entonces se convertirá automáticamente en una damisela campesina cantarina y feliz. Y así. Pues el otro día sentí que algo parecido ocurrió con nosotros.

Estoy en la playa, en casa de mi amigo Jesús. Salimos los dos a tomar el sol, con sendas gorras rojas, Adidas las dos, para más señas. Nos sentamos a disfrutar del día, cuando de pronto sentí la mirada escrutadora de una señora. Volteo y la miro, directamente. La mujer ocupaba una de las mesas alrededor de la piscina y tenía sus ojos puestos en nosotros. Cuando hicimos contacto visual, me brindó una de las miradas de mayor desprecio que he llegado a sentir jamás. Cerró un poco los ojos con desdén y meneó la cabeza en señal de negación varias veces. Yo me examiné a mi misma: no estaba haciendo nada indecente, no vestía nada vulgar… al menos a mi parecer, no estaba rompiendo ninguna normativa social. Mi amigo Jesús, lo mismo. Los dos estábamos pacíficamente disfrutando un día de sol en la piscina, al igual que esa señora. Sin embargo ¡Ella no dejaba de vernos! ¡Y con desprecio, además! Parecía buscar nuestros ojos, para hacernos saber con los suyos lo mucho que le desagradábamos, lo insoportable que era tenernos en su campo visual. Cuando me volteo hacia Jesús para comentarle, lo entendí todo. Jesús tenía una gorra roja. Yo también. Por tanto, presumo que para los ojos de la señora, nos habíamos convertido en dos chavistas. Así como Bugs se transformaba en novia y Elmer en soldado de guerra, según los sombreros que caían azarosamente sobre sus cabezas, nosotros nos convertimos en fanáticos políticos desagradables para ella, por el sólo hecho de vestir gorras rojas.

Yo no le veo otra explicación, porque la mirada de la señora era de franco desagrado. Y quería hacérnoslo saber como fuera. Me sonreí por momentos, por lo insólito del prejuicio, porque alguien pudiera percibirnos de una manera tan equivocada, sólo por vestir una gorra de mi color favorito, que hace pocos años no significaba nada ideológico. Era sólo eso, un color, sin ninguna interpretación extra. Pero después no me sonreí tanto, porque encontré injusto que ese tipo y su equipo hayan convertido al color rojo en el objeto de un prejuicio. Por eso me empeñaré en vestirlo cada vez más, porque de alguna manera tiene que desaparecer esa predisposición contra el rojo que nunca existió en nuestro país y que sólo al mal cerebro presidencial se le pudo ocurrir.

1 Comentarios:

A la/s febrero 07, 2007 3:33 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

Tu cuento me recordò de dos situaciones que me sucedieron no iguales pero que me causan mucha risa.

Una vez cuando trabajaba en un banco cercano a mi casa, me sucedió algo muy cómico, y que sólo puede sucederla a personas despitadas como yo (mi mamà me dice que como soy tan inteligente siempre tengo la cabeza ocupada en
cuestiones màs trascendentales y por eso los detalles cotidianos se me pasan. Tan linda mi madre, como ella seguro que sólo hay una). Resulta que solía ir a almorzar a la casa y para evitar mancharme la camisa de salsa napoletana, me ponìa una franela encima de la camisa y la corbata. Ese día me puse al revès una de esas franelas estampadas que son horrendas por fuera y aún màs horrendas por dentro y despùès de comer hice una siesta, tan deliciosa que dormí más de la cuenta. Me desperté sobresaltado con el terror casi infantil de quien sabe que llegarà tarde al trabajo, tomè el saco y salì corriendo escaleras abajo. El edificio donde vivìa tenía dos torres dispuestas de tal forma que sòlo existía una ùnica salida a la calle y ambas estaban comunicadas por un largo pasillo que culminaba en unas escaleras que subían hacia la Av. Francisco de Miranda. Yo vivía en la torre alejada de la calle por lo que tenía que recorrer el pasillo para poder salir. Cuando me acercaba a la escalera, notè querecostados de la misma estaba una pareja joven que me miraban fijamente y con una expresión de incredulidad, o màs bièn de curiosidad. Era una mirada descarada, que en momento mi ego mal interpretò como de interès fìsico (Todavía no estaban de moda los swingers, pero qué sabe uno). Lo cierto es que los miré con desdèn y pasè levitando sobre mi orgullo frente a ellos lleguè a la acera donde proseguì mi camino a la oficina. Ese dìa estaba haciendo mucho viento, agradable, fresco. De pronto sentì algo fuera de lugar en mì. El viento me daba en la cara, mi saco ondeaba pero no asì mi corbata, instintivamente y de manera bufonesca detuve la marcha súbito y busquè mi corbata con la mano y la vista, en su lugar habìa una mancha enorme sobre una franela negra estampada. Cuando voletee, para regresar a la casa la pareja libidinosa habìa estado siguiendo mis paso y estaban sonriendo divertidamente mientras me veìan sonrojado, regresar con la quijada encajada en el pecho.

Todavía me destornillo de la risa recordando ese episodio.

 

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