miércoles, diciembre 06, 2006

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 5: La alcancía

Mischa Barton, haciendo gala de su Libretazo Provincial
La alcancía. No el cochinito en el que depositábamos nuestros ahorros siendo niños. No. La alcancía trasera que mostramos involuntariamente cuando nos agachamos o cuando nos sentamos. Antes estaba reservada exclusivamente a los mecánicos, a los plomeros, a los obreros… pero desde hace algún tiempo, la moda de los jeans y pantalones de corte bajo nos ha expuesto a tod@s a las alcancías de tod@s.

La alcancía forma parte de las cosas que todos vemos, para luego hacernos los locos. Es como el moco en la nariz, la hierbita entre los dientes, la caspa en el pelo… todos alrededor lo vemos, todos lo sabemos, menos el pobre que la luce, porque nadie dice nada. Yo soy una de las tantas paranoicas con ese tema. Siempre estoy mirando medio disimuladamente hacia atrás, me pongo correas, suéters medio largos, para poder sentarme con tranquilidad o agacharme sin tanta angustia. Porque de verdad que es feo mostrar la alcancía y, aparte, es risible para los demás: Alguien se agacha, muestra inocentemente su alcancía y los demás alrededor hacemos todo nuestro esfuerzo por no soltar ni siquiera una sonrisita ante el detallito de ver el principio del trasero ajeno.

El ver la alcancía de alguien a veces me hace sentir una especie de intimidad morbosa con esa persona. Es como que estamos unidos por un recuerdo ciertamente único y unilateral, porque él o ella no lo sabe, en realidad. Ahora la conozco más de lo que quisiera y más de lo que esa persona querría, seguramente. Porque yo sé cómo empieza ese trasero a partir de ahora, gracias a un pantalón que en mala hora se puso. Y por algún tiempo, cada vez que mire a esa persona a la cara, el recuerdo de la alcancía se cruzará entre la mirada de esa persona y la mía. Ahí trataré de disimular la risa y continuar adelante con la vida. Porque algo que nunca se olvida, es el presenciar el asomo del trasero de alguien. Y a veces, si el dueño de la alcancía es alguien soberbio, me río pensando que esa pose de sobrado no le queda, porque si se agacha se convierte, sin saberlo, en la versión contemporánea del papel que alguna vez perteneció sólo a los mecánicos y a los camioneros. (Con todo el respeto que se merecen los mecánicos y los camionetos, ojo) : el del dueño de la alcancía expuesta y, por tanto, el objeto de la risa silenciosa de los demás.

Hay gente que confía en que no está mostrando la alcancía, porque no sienten “el fresquito” que se debería sentir si se expone esa parte. La verdad es que muchas veces no se siente tal fresquito. Si se sintiera, muchos advertirían que están mostrando libremente el comienzo de sus nalgas. Y la mayoría parece no darse cuenta.

En mi intento por evitar mostrar mi propia alcancía (que estoy segura que en más de una oportunidad se habrá asomado y obviamente no lo sé, porque nadie me lo va a decir y tampoco sentí el fresquito) he desarrollado técnicas alternativas para agacharme con menos riesgo. La cosa va más o menos así: se flexionan las rodillas, se arquea un poco la espalda hacia atrás y uno se agacha poco a poco así como metiendo el trasero, porque creo que sacarlo es producir un asomo inmediato de alcancía. Es incómodo, sí. Pero puede ayudar un poco a no mostrar la alcancía en los momentos en que vestimos esos jeans tan trendy pero tan exhibicionistas. Otra técnica que utilizo si me quiero agachar hacia delante es sujetar con una mano la parte trasera del jean, y así no se va tan abajo porque yo lo estoy halando hacia arriba. Según mi hermano, eso es peor que mostrar la alcancía misma, pero prefiero todo antes que revelar cómo empieza mi traserito.

Ver la alcancía es muy incómodo. Pero creo que equivalente a esa sensación que produce ver la alcancía ajena, es ver lo que podría ser el preludio a la alcancía: el asomo de la ropa interior. He visto de todo, desde pantaletas gigantes hasta hilos verdaderamente mínimos. Y encuentro igual de molestas ambas vistas. Las panties grandes regularmente son de telas horrendas, como brillosas, que pueden ir en tonalidades desde blanco percudido hasta color carne. Los hilos son siempre más variados. Los más terribles que he visto han sido rojos con aplicaciones de flores de tela, e incluso con un despliegue de pedrería. No sé quién puede vestir eso en la mañana para ir a la oficina, supongo que ese día tendrá seguramente planes más emocionantes que la oficina. Los hombres no se salvan del asomo de la ropa interior. Pero creo que los asomos masculinos que he visto no son tan desagradables como los femeninos, pero pueden tener consecuencias sorprendentes, en algunos casos. Una vez un amigo me contó que en su oficina un compañero se agachó y reveló unos interiores cuyo estampado consistía en rayas rojas mezcladas con rayas anaranjadas. Desde ese episodio, toda la oficina sospecha de las preferencias sexuales de él. En esos casos, quizás sea preferible entonces enseñar la alcancía. Al menos ella es algo que todos tenemos en común y que no va a llevar a los demás a sacar ninguna conclusión particular sobre nosotros, a diferencia de la ropa interior, que suele decir mucho de quien la viste.
Yo como que optaré por comprarme jeans más altos, compañero, qué va.

1 Comentarios:

A la/s diciembre 14, 2006 1:43 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

Eres como un sueño que no recordamos, pero que nos hace despertar alegres".
: jfrancisco70@hotmail.com

 

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