jueves, octubre 19, 2006

Anécdotas curiosas Vol. 13: En el choque

Hace un par de años iba a hacer una diligencia en La Boyera. Antes de entrar al túnel de La Trinidad, en el correspondiente embotellamiento infernal que se forma allí, estando casi detenidos, alguien me chocó brutalmente por detrás.

En los segundos subsiguientes al impacto, se me ocurrió que todo debía haber sucedido en mi imaginación, porque no es posible semejante choque en un momento en que todos estamos casi estacionados en la calle. Pero la imagen en el retrovisor de la maleta del carro comprimida, me demostró que mi imaginación no es tan fecunda. De hecho, me habían chocado. Me bajé del carro con todo el mal humor que corresponde y con una curiosidad inmensa por saber qué podía haberle pasado a ese individuo para chocarme de esa manera, insisto, en una vía casi detenida. Pero el asombro fue mayor cuando vi que el tipo –que conducía una especie de autobús pequeño, pero sin ventanas, era como una camioneta de transporte de algo, vaya usted a saber de qué- estaba haciendo todas las maniobras necesarias para salirse de la escena del choque y dejarme ahí así mismo, como si él no me hubiera chocado, ni nada. Me paré en todo el frente del autobusito, para impedir la fuga. Y le grité desde mi posición:

- Ah, ¿Es que tú te piensas ir? ¡Pues me haces el favor y te bajas!

El tipo me hacía señas de negación con la mano, me hablaba algo que yo no alcanzaba escuchar y luego me decía con las manos que fuera hasta allá, que me acercara a él. En el enojo del momento, sólo presté atención a la seña de negación, a lo que respondí:

- Ah, no te vas a bajar… ¡Pues de aquí no te vas a ir! –y ahí me puse medio histérica- ¡BÁJATE!, ¡BÁJATE YA!

En Caracas nunca falta un motorizado solidario. Esa vez no fue excepción. Un amable señor se acercó a la escena en su moto y me ofreció su ayuda. Yo le expliqué que esta persona me había chocado y que estaba haciendo todo para darse a la fuga. Que yo le estaba pidiendo que se bajara, pero que él se negaba, que me pedía que me acercara pero que yo no quería ir, porque me daba miedo que el tipo estuviera armado o algo así. Me parecía que acercarme a él era ponerme en peligro. El motorizado entonces se acercó al conductor del autobusito y luego de intercambiar algunas palabras, me dijo algo que nunca olvidaré. Algo que hizo muy curiosa a esta anécdota. Algo que me hizo centro de mis propias burlas y de las de mis amigos, por años. Algo que me hizo escuchar las risas de una audiencia imaginaria. Algo que hizo que mi mandíbula se fuera al suelo, en caída libre. Ese algo que me dijo el motorizado fue lo siguiente:

- Es que él te está pidiendo que te acerques, porque él no se puede bajar… porque no tiene piernas

¿¿No tiene piernas?? ¿¿Que NO tiene piernas?? ¿¿Cómo que NO tiene piernas?? ¿¿Y cómo maneja?? Si no tiene piernas… ¿¿Cómo es que maneja?? Y lo más importante… ¿¿Cómo me choca A MÍ una persona sin piernas?? ¿¿Es que acaso yo necesito alguna dosis extra de humor negro hoy?? Encima de que me chocan en una vía casi detenida… ¿El pana no tiene piernas? De paso, esto me impide hacer el reclamo con el justo encono, porque ¿Cómo puede ser uno duro con alguien que no tiene piernas? ¡Es que un reclamo fuerte y justo a una persona sin piernas, se convierte inmediatamente en un reclamo cruel y hasta injusto! Simplemente porque el tipo NO TIE-NE PIER-NAS. Y alguien que no tiene piernas es un lisiado, un minusválido. Y con los minusválidos no se puede ser cruel. Punto.

Después de esa metralla de preguntas que con que sacudí en segundos mi cabeza, no pude sino esbozar una sonrisa ante lo insólito de la situación. Ahí estaba yo, en pleno tráfico capitalino, con el carro transformado en acordeón, gracias a un tipo sin piernas.

Me acerqué con actitud de empatía, esa que sólo despiertan en uno las personas en condición de minusvalía. Me recosté de la puerta del conductor del autobusito, respiré profundo y le dije:

- Ajá, ahora cuéntame tú qué fue lo que te pasó que me chocaste así, en este tráfico prácticamente parado. (Mientras le preguntaba esto, comprobé con la mirada que, de hecho, el pobre hombre no tenía piernas. Los muslos eran muy delgados y débiles y, más abajo de las rodillas, no había nada. Sentí compasión.)

- De verdad te pido disculpas por haberte chocado así. Es que simplemente me distraje con el paisaje de Caracas y sin querer, solté la mano del freno. Verás, yo no tengo piernas, porque me las amputaron después de un asalto en el que me metieron un tiro que me dio en la columna y me dejó inválido. (Más compasión). Pero igual, trabajo y me gano la vida transportando mercancía con esta camioneta que ha sido transformada para manejarla yo. Tengo aquí el freno (y me señaló un freno igual al de las bicicletas, ubicado donde originalmente va la palanquita de la luz de cruce, a la izquierda del volante) y así voy manejando, ¿Ves? (Más compasión todavía) Y de verdad que me muero de la pena, por haberte chocado así, perdona de verdad, no fue mi intención…

Y diciendo esto, no me lo van a creer, pero el tipo se puso a llorar. ¡Se puso a llorar! No solamente me chocó, no solamente no tenía piernas, sino que encima se puso a llorar. Y para mí no hay nada más contagioso que la risa y el llanto. Si alguien ríe, seguro yo río. Y la mayoría de las veces que alguien llora junto a mí, aunque sea una lagrimita se me sale. Así que cuando el hombre se puso a llorar, contándome con gran pena cómo ha levantado a sus hijas a pesar de su condición, cómo ha trabajado sin cesar, cómo no se entregó a la silla de ruedas con la excusa de su minusvalía… los ojos se me aguaron. Pero cuando estaban a punto de asomarse mis lágrimas, la risita disimulada del motorizado (que como buen motorizado, se quedó viéndolo todo) me devolvió a la realidad. Los ojos se me secaron instantáneamente. Recuperé la postura y le dije al tipo, con toda seriedad:

- Un momento, ¿Tú te das cuenta de lo que está pasando aquí? ¿Te das cuenta de que tú me chocaste y que, aún así, yo estoy casi consolándote por eso? No es muy lógico, ¿Verdad? Mejor no nos lamentemos más, llamemos a tránsito y arreglemos esto, para que cada quien pueda seguir su camino.

Así hicimos, llamamos a tránsito, con la ayuda del motorizado. Levantamos el choque y cada quien se fue, con una anécdota qué contar.

Por supuesto que todas las burlas que imaginé, se dieron tal cual. “Es que sólo a ti te puede pasar eso, ¡Que te choque un tipo sin piernas!” “¡Es que me lo imagino clarito, tú gritándole que se bajara y el tipo sin poderse bajar… porque no tenía piernas!” “¡Es que sólo al pato Lucas!”. Cada vez que lo cuento, es un déjà vu de comentarios y de risas. Y la verdad es que… sólo a mí me podía pasar eso.

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