Anécdotas curiosas. Vol. 12: Viajando con mi perrito, Whiskey.

A mi queridísimo Whiskey, ahora en el cielo de los perritos
Cada una tenía una almohada en las piernas, y nos turnábamos a Whiskey, que dormía sin parar durante el viaje. Pero en mi turno, despertó. Se levantó y se desplazó de mis piernas al asiento del carro. Se agachó e hizo pipí. Hizo pipí en el asiento del carro de mi papá. Pipí.
Mis papás no habían estado muy de acuerdo con traernos al perrito con nosotros. Por el viaje, que quizás podía ser incómodo para él, para nosotras, para ellos… pero al final cedieron. Yo no podía entonces decir a nadie lo que había ocurrido. Tenía que resolver el asunto con la mayor discreción posible. Whiskey tenía apenas tres meses de edad, así que el olor no sería un problema, porque la orina de los cachorritos no huele a nada. Y es prácticamente incolora. Recorrí el carro con la vista y encontré en una especie de guantera que está entre los dos asientos delanteros, una toallita pequeña que tenía mi papá, supongo que para algún caso de emergencia. Y este era, para mí, un caso de indudable emergencia. Discretamente agarré la toallita, aprovechando que Laura dormía y que mis papás hablaban. La coloqué en el charquito de pipí, hasta que absorbio todo el líquido. La regresé a la guanterita, con el lado húmedo hacia abajo.
Pasado un rato, hicimos la parada obligada en la venta de cachapas. Comimos allí, compramos algunas provisiones para tener en la casa y retomamos el camino.
Normalmente esas provisiones no llegaban completas a Caracas. Alguna cosa se abría y se comía en el camino. Alguna cachapa, alguna costillita, algo seguro se probaba en el camino. Esa vez no fue excepción. Y Laura abrió la bolsita y comió algo. Con las manos y la boca llenas de comida, dijo:
- Necesito una servilleta.
Mi mamá revisó en la bolsa, en su cartera, en el carro y nada, no había servilletas. Mi papá de pronto recordó:
- Yo siempre tengo aquí una toallita –dijo señalando la guanterita en medio de los dos asientos delanteros- por si pasa algo y necesito limpiarme o ustedes necesitan limpiarse…
Laura sacó entonces la toallita con la que yo había limpiado el pipí y se la pasó repetidamente por la cara. Por la boca. Por los cachetes. Por las manos. Volvía a la boca, a los cachetes…con increíble insistencia. Yo miraba la escena propia de un programa de cámara indiscreta, calladita, desde mi asiento. Pocas veces tengo éxito disimulando la sonrisa, pero esta vez lo logré como una profesional. Me reí a carcajadas en mi interior, pero para afuera no salió nada. Porque si hubiera sonreído aunque sea un poquito, Laura me habría visto y sospechado de inmediato que algo raro había en la situación. Así que en silencio, como un niño que disfruta de su pequeña travesura secreta, observé a Laura hacerse su masaje facial con la toalla llena de pipí. Porque aunque inoloro e incoloro, a fin de cuentas, era pipí de perro.
Esta anécdota me la reservé para mí, hasta hace un par de años, cuando se la conté a Laura y a mis papás. Se rieron mucho y Laura destacó entre carcajadas mi gran maldad. Hoy se las cuento a ustedes, para compartir tan sólo uno de los tantos hermosos recuerdos vividos junto a mi amado perrito Whiskey, cuyo largo recorrido de quince años por la vida, terminó el pasado 17 de septiembre, en la noche. Todos mis besos para él y mil gracias por tanto amor.

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