jueves, septiembre 28, 2006

Anécdotas curiosas. Vol. 9: En el viaje a la playa con la Miss


Mi amiga y yo habíamos organizado un “Fin de semana de manas” en la playa. Nos iríamos las dos al apto. de su madrina, un cálido lugar frente al mar, con una linda piscina y convenientemente cerca de la ciudad. Un día antes de partir, me comentó que había invitado a una compañera de trabajo –que a todas estas era novia del dueño de la empresa- porque él había terminado con ella sorpresivamente, y la pobre lloraba literalmente por las esquinas de Caracas. La invitación surgió cuando mi amiga pasaba por una de esas esquinas y, al reconocer a su compañera llorosa, se detuvo a ayudarla. Cuando la novia abandonada le contó su historia de amor y dolor, en mi amiga se despertó la fibra de la solidaridad femenina y la invitó a nuestro “Fin de semana de manas”. Debo decir que la solidaridad nunca fue más inmerecida. Partimos entonces mi amiga y yo en el día planeado, a buscar a esta chica para irnos rumbo a la playa. La muchacha se montó en el carro y allí comenzaron nuestros intentos por hacer que la chica olvidara un poco su pena y se uniera a la diversión playera que le esperaba en nuestra compañía. En cuanto nos saludó, la muchacha comenzó a hablar de sus aventuras en el Miss Venezuela, de sus pinitos en el modelaje… resulta, pues, que la chica era Miss.

No es un secreto para nadie que en Venezuela cualquier mujer alta puede ingresar al certamen de Miss Venezuela. Si usted es gorda, Osmel la adelgaza como sea. Si usted tiene facciones duras, bisturí en mano, Osmel le resuelve ese problema. Si usted es tonta o bruta, Osmel disimula ese asunto con unas clases rápidas de oratoria y unas cuantas lecciones sobre la paz mundial, los personajes internacionales a admirar, lo mucho que hay que hacer por la infancia abandonada, así como la preservación del medio ambiente, la capa de ozono y los delfines. Usted lo único que tiene que ser es alta. El resto, corre por cuenta de Osmel.

De hecho, esta chica era alta. Alta y nada más.

Bueno, en nuestro primer día en la piscina, la mujer se elaboró una máscara de maquillaje que retocaba nerviosamente cada quince minutos, en pleno sol. Labios rojos, base de maquillaje, rimel, delineador de ojos… todo muy natural, pues. Mi amiga y yo, ni gota de pintura en la cara, exhibíamos nuestras imperfecciones sin problemas. Para ella, la jornada en la piscina transcurrió en la soledad de su tumbona, interrumpida cada tanto por su compañera del alma, la esponjita del polvo compacto. Nosotras tratamos de incorporarla a nuestra cháchara, sin ningún éxito. Pensamos que quizás su dolor no la dejaba vivir, aunque no había ninguna señal de pena alguna en su persona, la justificamos con la trilladísima excusa de que la procesión se lleva por dentro.

Pero aquí es que se pone buena la cosa. A partir de la hora de la comida, la muchacha se desenmascaró. No, no es que se desmaquilló (porque primero muerta que sin maquillaje), sino que quizás se aburrió de su silencio y decidió conveniente comenzar a ser ella misma. Viene la hora de la cena, mi amiga y yo, como siempre, nos servimos abundantes porciones de la pasta y la tortilla española que nos había enviado mi mamá. Con ojos asombrados ante nuestros platos, ella se sirvió una cantidad que bien podría caber en la categoría de degustación o, si nos ponemos elaborados, en un platillo de cocina de autor.

- “¿No les parece que se sirvieron demasiado? Me parece que comen mucho, ustedes. ¿No les parece que hay que cuidar la línea?”, nos dijo.

En el código de la amistad femenina, de la camaradería femenina, está escrito sobre piedra que una jamás deberá comentar nada sobre la cantidad de alimento o bebida consumida por la otra, jamás. Si ha de cruzarse esa línea, se hará sólo en caso de que la mujer a señalar tenga serios problemas de salud y amenace constantemente su vida a través de una ingesta desmedida de cuanta cosa se cruza por el frente, en cuyo caso, el señalamiento deberá realizarse con toda delicadeza y en procura siempre de la conservación de la amistad. En este caso, esa excepción no aplicaba.

Yo, molesta por el tono del comentario (señal de menosprecio a la solidaridad que la había llevado hasta ese lugar) asesté rápido:

- No, la verdad es que yo, gracias a Dios, no vivo de mi cuerpo, y mi profesión me permite comer libremente todo lo que me apetezca, en las cantidades que encuentre convenientes.

La respuesta me ganó una sonrisa cómplice de mi amiga.

Terminada la cena, comenzamos a prepararnos para ir a alguna discoteca local, a divertirnos en la noche costera. De pronto, la miss se nos acercó con rostro desesperado:
- ¿No tienen iluminador?
Mi amiga y yo no entendimos la pregunta ¿Le haría falta luz? ¿Estaría el baño muy oscuro?
- ¿Perdón?
- Que si no trajeron iluminador de ojos, el corrector para las ojeras, es que olvidé el mío…
- No, la verdad, no… ¿Pero para qué necesitas eso? Estamos en la playa, todo relax, no hay por qué maquillarse tanto para salir…
-¿Ustedes no se van a maquillar? Niñas, la verdad es que nunca van a conseguir marido si no se maquillan…

Ya en este punto de acumulación de comentarios desconsiderados, vacíos y desubicados por parte de la Miss, mi amiga y yo comenzábamos a convencernos de que la solidaridad femenina nos puede llevar a cometer grandes errores… y aún nos faltaba más por aguantar…

Llegamos al hotel más notorio de la zona, buscando encontrar allí una discoteca divertida. En el hotel sólo había un pequeño y desolado bar, atendido por un joven que insistía en recomendarnos las discotecas de Caracas, que allí estaban las mejores, a sólo 25 minutos del lugar... sin terminar de comprender que éramos tres caraqueñas en busca de diversión fuera de la ciudad…

- ¿Será que pensó que éramos extranjeras? Les comento durante el regreso a casa.
- ¿O quizás, aeromozas? Dijo mi amiga. Y mirando a la Miss, agregó: A lo mejor te vio a ti, que eres alta y estás maquillada y pensó que éramos aeromozas, porque la verdad es que por Rocío y por mí no creo que haya sido…

Y la Miss contestó, tranquila, como si dijera cualquier cosita:

- ¿Por qué? También puede haber pensado eso por ustedes. Las aeromozas nos siempre son bonitas, hay aeromozas que son normalitas, así como ustedes

Sí, así nos dijo “normalitas, así como ustedes”, lo cual yo traduje como “feítas, gorditas, bajitas, así como ustedes”.

Al recibir las nuevas palabras cariñosas de la Miss, yo me limité a mirar a mi amiga. Ella apuntaba el camino con sus ojos tan abiertos, llenos de sorpresa ante la increíble acotación. Yo esbocé mi media sonrisa versión "Lástima por el que no sabe lo que hace" y traté de comunicarle telepáticamente a mi compañera de halagos lo triste que encontraba la absoluta falta de sentido común con la que esa mujer se conducía por la vida.

Así, en una noche tan linda como esa, la Miss selló con broche de oro lo que sería para mí una premisa inolvidable: Es que cualquiera puede ser Miss en Venezuela. Lo único que se necesita es ser es alta.

3 Comentarios:

A la/s octubre 02, 2006 4:53 p. m., Blogger Fedosy Santaella dijo...

Y no la lanzaron al mar, con unas piedras amarradas a los tobillos?

 
A la/s octubre 02, 2006 9:35 p. m., Blogger rocio dijo...

JAJAJAJA,no... y creo que, si lo hubiéramos hecho, con esa forma de ser, nadie la habría reclamado... ¡Habría sido un crimen perfecto!

 
A la/s octubre 07, 2006 3:48 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

buenisimo roro. tus comentarios son exactos a ti. parece estar leyendo una columna tipo sex in the citty, de la mana carrie, pero al estilo criollo, propio de ti. mejor que carrie, mas autentico y variado. sigue asi. quien quita que publiques un libro y termines por salir en HBO, como una serie original. ironia, tal vez continues trabajando para HBO, pero mejor remunerada. suerte y continua con tu inspiracion. cariños. pata

 

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