Anécdotas curiosas Vol. 11: Sobrevolando la Cordillera de los Andes
Estábamos viajando a Mendoza, Argentina; vía Santiago de Chile. Normalmente, durante ese vuelo, se presentan turbulencias importantes, porque el avión pasa por vacíos de aire entre las montañas, que generan movimientos fuertes. Pero yo no lo sabía.
Por cosas raras de la vida, Fabián estaba en la ventana y yo en el pasillo. Regularmente, nos sentamos en orden inverso. Era pleno mes de junio, así que las montañas estaban más nevadas que nunca, porque comenzaba el invierno austral. Fabián se asomó en la ventanilla y me dijo:
-Mira qué lindas las montañas, todas nevaditas…
Me asomé a ver el hermoso paisaje blanco, salpicado de gris. Pero verlo no me produjo la paz, la tranquilidad que suelen despertar ese tipo de contemplaciones. Lo único que me vino a la mente fue un sangriento recuerdo cinematográfico: “Epa, ¿Aquí no fue donde filmaron ‘Alive’?, ¿‘¡Viven!’? ¿La película esa que recrea el accidente del equipo de rugby uruguayo, cuyo avión se estrelló aquí y en donde los sobrevivientes terminaron comiéndose a los muertos..? ¡Claro, claro que se filmó aquí, porque ese accidente fue aquí!!”. Los nervios se apoderaron de mí. Las oraciones se interrumpían por los pensamientos y los pensamientos se interrumpían por las oraciones. “Ay Dios mío, por favor, que no pase nada, Dios te salve María… es que no sé qué sería peor, si morir aquí así mismo o sobrevivir y tener que comerse a esta gente para seguir sobreviviendo… qué bochorno todo… Padre nuestro que estás en los cielos… Dios mío pero qué angustia, hubiéramos venido vía Buenos Aires, así no cruzábamos la montaña... bueno, mejor disimulemos el miedo, porque qué vergüenza que la vean pálida a una en un avión, por favor, compostura ante todo”
Entonces asumí mi actitud de experta viajera, esperando que mis nervios no se reflejaran en el tono verdoso que suele tomar mi rostro en esas situaciones. Pero Fabián estaba inspirado por el paisaje montañoso, que tanto le gusta.
- ¿Sabes? Yo he hecho este vuelo muchas veces antes, y siempre se ve el Aconcagua desde aquí. Te lo voy a mostrar, es taaan lindo…
Y yo asentía, sin voltear a las montañas, que en vez de remitirme a la infancia, como le sucede a Fabián, me llevaba directamente a los cortes de nalgas que hacían los tipos de “Alive” para alimentarse y seguir viviendo.
- Oye, Ro, me parece raro que el avión está volando como por otra ruta, porque no se ve el Aconcagua… el Aconcagua está del otro lado… y si me preguntas, me parece que está volando muy bajo, se ven demasiado cerca las montañas…
Ahí me vino como una náusea, del puro nervio. No sé que panorama era más deprimente… si morir instantáneamente y dejar mis nalgas para la alimentación de mis compañeros de viaje o si salvarme y tener las nalgas de mis compañeros de viaje para mi alimentación.
-¡Ja! Una vez venía yo en este vuelo y el avión bajó tan fuerte, que la cabina se despresurizó ¡Y cayeron las máscaras de oxígeno y todo!
Diciendo esto Fabián, el avión se movió muy fuertemente, se estremeció y emprendió una bajada violenta. Las aeromozas se cayeron en el pasillo del avión, los pasajeros se aferraron a sus asientos. Y mi grito lo ahogó todo.
- ¡AY, FABIÁN! ¡Yo creo que nos vamos a morir aquí!
Eso fue lo único que alcancé a decir. De pronto, todo se volvió negro. Los ojos se me cerraron y me recosté del hombro de Fabián, sin fuerzas ni siquiera para pensar. Me dio un yeyo, pues, básicamente.
Creo que pasaron unos minutos, cuando volví en mí. Abrí los ojos y vi a las aeromozas sentadas en los apoyabrazos de los asientos de los pasillos, esperando que cesara el movimiento. Una de ellas me miraba fijamente.
Cuando el avión recuperó su posición y ya todo estaba en calma, la aeromoza que me miraba se me acercó. Se inclinó hacia mí, hasta que quedamos frente a frente y me dijo:
- Es normal estas turbulencias fuertes en esta ruta, porque el avión cruza vacíos de aire entre las montañas. No te preocupes, que no va a pasar nada. El avión no se va a caer. Todo va a estar bien. Son movimientos fuertes, que pasan y nada más.
Sus palabras fueron muy tranquilizadoras y me permitieron continuar el viaje con cierta calma, aunque nunca fui capaz de ver las montañas a través de la ventanilla. Allí entendí por qué la Providencia nos había sentado en un orden inverso al habitual, por qué yo estaba ahora en el pasillo y no en el puesto de la ventana. Porque de haber ocupado mi lugar de siempre en el avión, me habría sentido más cerca aún de esas montañas y la angustia habría inaguantable. Yo había vivido turbulencias en el Caribe, uno que otro aterrizaje desastroso en aviones de líneas aéreas nacionales que parecían desarmarse al tocar tierra, algún bajón violento… pero nada como esto. Esto sí parecía el fin de mis días. Esto sí era un horror de horrores. Otra tragedia en Los Andes u otro milagro en Los Andes. La muerte en las montañas, o la supervivencia a punta de fileticos de nalgas.
Gracias a Dios, terminamos el viaje sin problemas. Y Fabián se sonrío al recordar lo pálida que me vio y yo me reí de pensar en que todo ese desastre aéreo, al parecer, es normal.
Eso me pasa a mí por ver tantas películas.

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