martes, octubre 24, 2006

Anécdotas curiosas Vol 14: En el baño público

En el mes de septiembre, viajamos a Puebla a probar los Chiles en Nogada, un platillo famoso, que tiene su origen en esa ciudad. Una vez allí, paseamos por una feria del pueblo, en donde encontré, convenientemente, un baño público. Había una fila de mujeres en el pasillo frente a las cabinas, así que había que esperar turno para entrar. Normalmente no suelo hacer filas en los baños. Si está muy lleno, prefiero aguantar y esperar a conseguir otro. Me da como asco entrar inmediatamente después de que alguien sale de una de esas cabinitas. Pero en este caso, la situación rayaba en lo urgente. Así que respiré por la boca –para no inhalar el tan desagradable olor del lugar- y esperé.

Cuando me tocó mi turno, hice lo de siempre. Entré sin tocar la puerta, la cerré como pude, evitando el contacto y adopté la posición que tomamos todas las mujeres a la hora de ir a un baño público: piernas abiertas a nivel de los hombros, rodillas flexionadas a una altura por encima del excusado –donde nunca nos sentamos- , vista a frente, una mano sosteniendo la cartera y la otra el papel higiénico –es todo un acto de contorsionismo para las mujeres el ir a estos baños-. Pero esta vez, en plena posición y ejecución del acto, hice algo sin explicación aparente. Por alguna razón, miré hacia arriba. No sé por qué, pero miré hacia arriba. Y lo que vi, tampoco tiene explicación aparente. El techo del baño… era de espejo.

¡De espejo! Cuando subí la mirada, me encontré con mi propio reflejo cenital, en la posición descrita. Fue un bochorno total verme en plena contorsión, desde arriba. Además, mi mirada extrañada “Un baño público con techo de espejo ¿?”… Pero peor fue ver lo que vi a mi alrededor, en el espejo. A veces uno no quiere mirar, pero un morbo raro te obliga a hacerlo. Sabes que vas a descubrir cosas feas, pero aun así, no puedes evitar ver. Unas mujeres hacían gala de su flexibilidad en la contorsión; otras se limpiaban compulsivamente, otras terminaban de vestirse, el contenido de los excusados variaba de cabina en cabina, alcanzando altos picos en la escala de la asquerosidad… y al frente, una fila de mujeres, esperaban su turno al baño.

Un baño público con techo de espejo… ¿Qué arquitecto voyeurista pudo diseñar semejante cosa? ¿O fue un diseñador de interiores voyeurista? ¿O fue un decorador voyeurista? ¿O fue un coprofílico? ¿O fue un voyeurista coprofílico? ¿Y el ingeniero? ¿También era voyeurista, o coprofílico? ¿Urofílico, quizás? Todas las personas en la escala de la construcción de ese baño son voyeuristas, coprofílicos o urifílicos… o al menos son cómplices del voyeurismo, de la coprofilia y de la urofilia de alguien más.

Como yo no soy ni voyeurista, ni coprofílica, ni urofílica, ni cómplice de nada de eso, bajé la mirada, para evitar cualquier contacto visual con las otras mujeres –qué vergüenza encontrarse con los ojos de alguien en el techo de espejo de un baño público, por Dios- y terminé mi tarea lo más rápido posible para salir de la sordidez de la situación.
Me fui corriendo del lugar, pensando en lo insólito que puede llegar a ser un aparentemente simple baño público de pueblo.

2 Comentarios:

A la/s octubre 29, 2006 3:36 a. m., Blogger Lena yau dijo...

Estoy alucinando...¿un espejo?

 
A la/s octubre 29, 2006 3:10 p. m., Blogger rocio dijo...

Sí, un espejo. Un espejo por techo. Un techo de espejo...tal cual como lo lees..

 

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