viernes, noviembre 17, 2006

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 4: En el cine


Yo soy una fanática empedernida del cine. Una cinéfila declarada. Una amante del séptimo arte. Procuro ir todas las semanas, al menos una vez. En la medida en que mi economía me lo permite, trato de no ir en los días de entrada popular, por una sencilla razón: porque yo soy una fanática del cine, una cinéfila declarada y una amante del séptimo arte. No soy simplemente una persona que encuentra divertido el cine, o relajante el cine, o romántico el cine. No, lo mío es un fanatismo total. Y, para mí, el cine es una experiencia que debe disfrutarse en pleno silencio. Pleno silencio. Silencio pleno.

En una ocasión, teniendo yo once años, acompañé a mi mamá a ver la versión remasterizada de su película favorita, La Cenicienta. Hay una escena memorable en la que los ratoncitos suben la escalera del castillo en cuyo último piso está Cenicienta, encerrada. Gus, el ratoncito gordito, llevaba con mucho esfuerzo la pesada llave que abriría la puerta del encierro, pero era demasiada carga para él, así que a cada momento, se le caía y la volvía a recoger, una y otra vez. La malvada madrastra de Cenicienta se da cuenta de que no tiene la llave en su bolsillo (los ratoncitos se la habían robado) y emprende a toda marcha una carrera hacia la escalera. En ese instante, mi mamá entró como en un colapso nervioso y empezó a gritar:

- ¡APÚRATE! ¡CORRE, QUE YA SE DIO CUENTA! ¡CORRE, CORRE RÁPIDO, QUE YA VIENE SUBIENDO, DALE!!

Yo, pre-púber, ya tenía bastante sentido del ridículo, así que, como pude, traté de hacerla contener esos gritos tan molestos en el cine. Pero ella –que es psiquiatra- me dijo:

-En Psiquiatría se estudia que el cine es oscuro por una razón: para que la gente llore, grite, se desahogue, ría, se exprese en total oscuridad y por tanto, en total anonimato.

Yo no sé si el cine es oscuro por esa precisa razón. Pero cada vez que voy, pienso que hay más de uno que estudió Psiquiatría, o más de uno que sabe nociones de Psiquiatría, o más de uno al que mi mamá le dijo eso, … no sé bien la razón, pero ciertamente hay más de uno al que le encanta expresarse en el cine. Y no me refiero a reír, llorar, o gritar de susto en algún momento de horror. No. Me refiero a la expresión hablada. A la conversación libre en el cine, en total oscuridad y, por tanto, en total anonimato.

¿Por qué lo hacen? ¿Por qué hablan en el cine? ¿Les parece chévere pagar una plata por entrar a un sitio oscuro, lleno de gente que hace silencio en su mayoría, donde se proyecta una película con un sonido normalmente a alto volumen, para conversar? ¿No es mejor hacerlo afuera, libremente, en plena luz, donde nadie les hará shhhh, donde nadie volteará a mirarlos mal, donde el volumen de ninguna película los interrumpirá, donde nadie les dirá que hagan silencio?.

Decía que procuro no ir al cine en días de entrada popular, porque en ellos aumenta considerablemente las posibilidades de encontrarse con gente indeseable. Para mí, las peores especies son las siguientes (y las combinaciones que pueden surgir de ellas, son aún más terribles):

1.- Los que hablan en el cine: Conversan libremente, se ríen de sus propios cuentos, aparentemente ignorando que se encuentra en plena proyección de una película (y que pagó una entrada para ello). Estos son los peores, para mí.

2.- Los que comen perros calientes, pizzas o nachos con queso en el cine: esas nuevas comidas disponibles en el cine, me parece que llenan la sala de olores realmente desagradables. Ojo, a mí me encantan los perros calientes, amo las pizzas y disfruto los nachos. Pero no me gusta sentir en el cine el olor a mostaza, ni el olor a pizza… me parece que no pertenecen al lugar. Encima, no encuentro nada agradable el comerlos en plena oscuridad, donde uno no puede ver si la salsa le ha adornado ahora los pantalones, si una cebollita imprudente se ha alojado en su camisa, si ahora su cartera cuenta con una aplicación de tomate… esto sin nombrar el hecho de que es verdaderamente incómodo comer en la oscuridad, sin ver lo que uno come, punto. Esto no aplica, sin embargo, a las golosinas. Las cotufas y los chocolates me parecen más discretos a nivel de aroma, y aparte, forman parte de la tradición infantil de ir al cine, al menos para mí.

3.- Los que mandan mensajitos en el celular o responden o hacen llamadas durante la función: este es un caso que aún no comprendo. Si esa persona con la que te estás enviando mensajitos es tan importante, ¿Por qué no está contigo en el cine? ¿Es urgente o de mucha relevancia lo que están hablando? Entonces me parecería prudente abandonar la función y dedicarle el tiempo que corresponde a ese asunto. ¿Estás esperando una llamada importante? Fino, atiéndela afuera. Pero no interrumpan los diálogos de la película con un “Aló, épale panita, aquí en el cine ¿y tú?”. Por favor. Y tampoco agregues nuevas condiciones de luz a la sala, con la pantallita resplandeciente de tu celular, mandando y mandando mensajes. De pana.

4.- Los que llegan tarde y pasan HORAS para sentarse en su asiento: Estos son de terror, su silueta a contraluz se torna a veces demasiado lenta en su paso hacia los asientos. Eso, sin contar cuando en plena película te preguntan “¿Ese asiento está ocupado?” Es el caso menos condenable de todos, pero incomoda igual.

5.- Los que patean la silla de uno: Qué incómodo es cuando en la fila de atrás le toca a uno un pateador. Qué manera fastidiosa de interrumpirle a uno su película.

6.- Las madres traductoras: Hay madres que parecen ignorar que su hijo no se encuentra en edad de leer y que sólo habla español. Lo llevan a películas subtituladas sólo para dedicarse a traducir y narrar todo lo ocurrido en la película, a su pequeño. No sólo es una experiencia desagradable para el niño (y supongo que para la madre) sino para uno, que nada tiene que ver con el cuento, pero que igual tiene que escuchar en stereo el diálogo de la peli y la interpretación de la madre traductora.

7.- Los que se adelantan a los hechos de las películas, en voz alta: “¡Ay, papá! ¡Va a entrar! ¡Va a entrar y la van a matar, porque el tipo está allá adentro, lo sé!”. Qué fastidiosos son los adivinos en el cine.

8.- Los que entienden tardíamente las tramas de las películas, en voz alta: ¡Aaaah, es que él trabaja es para el negro, con razón!”. Sin comentarios.

9.- Los que comentan la película como si estuvieran viéndola en la sala de su casa, en voz alta, por supuesto: “¿Esa no es la misma tipa de Piratas del Caribe? ¿Cómo es que se llama? ‘Tá buena”. Sin comentarios.

10.- Los que asisten a ver películas de fantasía y las juzgan con valores de realidad, en voz alta: “¡Sí, ya está! Me vas a decir ahora que es posible que alguien sobreviva después de ese tiroteo… ¡Por favor!”.

Y así, puedo enumerar una infinita cantidad de indeseables que pululan por las salas de cine y que me provoca ametrallar sin piedad cada vez que hacen de las suyas. Por eso yo, cada vez que puedo, voy al cine al mediodía o a la medianoche, así evito el gentío. Me siento en la última fila, así evito los que hablan en las filas de atrás y los pateadores. Y no voy a las salas VIP, porque eso de ver una película en una butaca casi acostado, con gente alrededor bebiendo whiskey y comiendo sushi, es un caldo de cultivo para todos los apartados que nombré antes. Y por ende, un caldo de cultivo para mis ganas reprimidas de ametrallar a todos esos sinvergüenzas que parecen saber de Psiquiatría.

2 Comentarios:

A la/s noviembre 18, 2006 5:59 a. m., Anonymous Anónimo dijo...

JAJAJAJA! Rocío, qué cómico! No voy al cine NUNCA, alquilo y las veo en casa. Además de todo lo que cuentas, me aterran la alfombra sucia, la oscuridad, los asientos, que no funcionen las salidas de emergencia...ver en casa me evita los sustitos, las angustias, el asquito y el resto de cosas que tan bien describes..jaja..me has hecho reir cantidad!

 
A la/s noviembre 18, 2006 12:54 p. m., Blogger rocio dijo...

¡¡Gracias por tus comentarios, mil orillas!!

 

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