miércoles, febrero 28, 2007

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 14: En el ascensor


Actualmente trabajo en el último piso de un edificio, el piso 15, el PH. Normalmente la gente suele alabar los últimos pisos, porque asume que dada la altura, la vista debe ser espectacular. Este edificio de hecho consta con una linda vista, pero sólo puede disfrutarse desde algunas oficinas, entre las cuales ciertamente no se encuentra mi estación de trabajo.

Pero el no poder apreciar la vista de la ciudad es la menor de las desventajas de estar en el último piso. Lo peor de estar en el último piso es el ascensor. Uff, el ascensor. El ascensor constituye un momento diario de pesadilla para mí y para la mayoría de los que conozco. Normalmente uno evita las molestias típicas de ese aparato, evitando subirse cuando están abarrotados de personas. Esa decisión es siempre la más sana y señala una clara visión de futuro de quienes la toman. Porque en el supuesto caso de que ese ascensor considere prudente dañarse con ese gentío adentro, ¿Qué sería de la vida de ese gentío? ¿Cómo harían para sobrevivir en un espacio en donde no hay oxígeno ni para la mitad de esas personas? Sería una locura, una de mis peores pesadillas, no sé si morirían de asfixia, de histeria colectiva o de un canibalismo desesperado, luego de horas de encierro y hambre ahí, por Dios.

Sin embargo, en el edificio donde trabajo -que tiene un centro comercial en los primeros pisos- se hace realmente difícil dejar ir a los ascensores llenos para tomar uno vacío. Porque tardan tanto para llegar, son tan lentos esos elevadores, que preservar la vida evitando los abarrotados, puede traducirse en un retraso importante en la llegada a la oficina. Y de igual manera, tomar un ascensor vacío puede no librarme de una muerte segura y terrible, porque en el camino a los quince pisos que me toca recorrer día a día, puede llenarse completamente y sin piedad, el fulano ascensor.

Pero como siempre, son las especies que encontramos en ellos las que hacen aún más insufribles la experiencia en el ascensor. Sin más, paso a describirlas:

1.- Las personas (en su mayoría, señoras de la tercera edad) que no tienen idea del piso al que necesitan ir: ¿Mija, dónde queda la librería aquí? ¿Cómo que no sabes? ¿Pero y tú no trabajas aquí? La respuesta que correspondería:“Exactamente, señora, yo trabajo aquí, por lo cual voy a mi oficina y no me ando paseando por el centro comercial a ver dónde infiernos queda la librería”. Sin embargo -ante todo, dama- nunca incurro en la mala educación. En respuesta, les digo cualquier piso y listo. Total, lo que me interesa es que se bajen, donde sea, no importa, porque yo lo que quiero es llegar a mi trabajo, en el último piso.

2.- Las personas indecisas: “Déjame ir al C2, al banco. (y presionan el botón de C2 en el ascensor). ¡Ah, no! ¡Verdad que el banco queda es en C1! (seguidamente presionan el C1). Chica, mejor paso primero por el Excelsior, pa’ ve’ si hoy hay azúcar (Obviamente, botón de PB con eso, que es donde queda el Excelsior Gama). Y luego se voltean y te sonríen como si el apretar tantos botones como su antojo le indica, fuera motivo de sonrisa para los infelices que trabajamos ahí y que tenemos ahora que detenernos en cada piso que ella tuvo a bien presionar. Estas son las peores para mí. Porque por ellas, se hace aún más lento mi proceso de llegada al trabajo, en el último piso.

3.- Los conversadores tipo A: vienen conversando desde fuera del ascensor y continúan la conversa una vez adentro, sin importar si quedan cerca o lejos el uno del otro, o si tienen personas en medio. Ellos simplemente continúan hablandito, aumentando el tono de voz tanto como sea necesario, hasta que llegan a su destino, que siempre es más cerca que el mío, porque yo trabajo en el último piso.

4.- Los conversadores tipo B: se encuentran casualmente en el ascensor. Y al igual que el tipo A, entablan una conversación sin importar cuán lejos o cerca estén el uno del otro. Si hay que levantar la voz, se levantará tanto como sea necesario, no importa. Esta conversación terminará cuando alguno de los dos llegue a su destino. Sin embargo, en este tipo de conversador, se observa una actitud inclusive peor que la propia tertulia desconsiderada: cuando el primero de ellos llega a su destino, sale del ascensor conversando con el que continúa adentro y detiene la puerta del aparato (no vaya a ser que se cierre y lo interrumpa en su charla) hasta tanto no termine de ponerse al día con su amigo y despedirse como corresponde. A veces he deseado que las puertas del ascensor burlen el sensor y se cierren sin piedad para yo poder llegar a mi trabajo, en el último piso.

5.- Los conversadores tipo C: Hablan por el celular. De igual manera, suben el tono de voz si es necesario, no importa nada. Si se va la señal –como sucede en todo ascensor- seguro eso se arreglará gritando “ALÓ, ALÓ, NO TE OIGO, ALÓ, ¡ES QUE ESTOY EN EL ASCENSOR!” Estos tres tipos de conversadores son igual de molestos. El espacio del elevador es simplemente muy reducido como para hablar en tan alta voz adentro. Y no sé por qué sucede, no sé si el entrar en el ascensor los ensordece, pero todos gritan cuando hablan. Y es una cuestión de consideración con los demás también, que en la mayoría de los casos, no estamos interesados en nada de lo que estas personas hablan. Sobre todo si lo que queremos es llegar a nuestro lugar de trabajo, en el último piso.

5.- Las personas que se creen el cartelito que indica la capacidad de carga del ascensor: ¿De verdad creen que ahí caben 17 personas? ¿De verdad se lo creen? ¡Por favor! ¿Qué tiene que pasar para que entiendan que está full? ¿Que no cabe NADIE más? Es sencillo: no caben. Y si insisten en caber, el ascensor puede decidir no subir, sin importar si hay 17 o menos ahí adentro. Gracias a Dios, para el momento en que llego a mi destino, ya todos se han bajado, porque pocas veces alguien va, como yo, a su trabajo en el último piso.

6.- Los que suben al ascensor fumando: Sin comentarios.

7.- Los que preguntan si el ascensor va subiendo o bajando: Es muy sencillo, vea la flecha sobre el ascensor, ahí indica claramente si sube o si baja, no hay pele.

8.- Los que llaman el ascensor para subir y/o bajar, sin importar para dónde van ellos: normalmente son preguntones también, y si el ascensor no va para donde ellos quieren, no se suben. Ahí se delata su mala maña de llamar al ascensor con los dos botones, en un acto de completo egoísmo para los que, como yo, sólo intentamos llegar a nuestro trabajo, en el último piso.

Y es que el ascensor es un mal necesario. Y todo es peor si trabajas en el último piso.

sábado, febrero 17, 2007

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 13: Los hacedores de locos

Creo que hay un grupo de personas que son hacedores de locos. Personas que vuelven locos a los demás. Y creo que lo hacen sin querer queriendo. Gente que te confunde, que te desorienta, que te hace dudar aunque sea por segundos de tu propio raciocinio, en su intento por volverte loco. Aquí, una pequeña lista de los hacedores de locos, para mí:

1.- Los “traductores simultáneos” (tipo César Miguel Rondón) en eventos televisados en vivo (tipo los Globo de Oro): Estas personas no sólo no traducen simultáneamente, sino que entre las pocas frases que se les antoja interpretar, cuelan sus propios comentarios –demasiados para mi gusto- sobre el vestuario de los actores, la actuación que le valió los premios, de lo buena que es la película, sobre lo que él piensa del director, de lo mucho o poco que tal o cual merece el premio… cosas que a nadie le interesan, para resumir. Y del contenido en otro idioma, es muy poco lo que llega traducido. Algunas frases cortas, trozos resumidos de los discursos que a veces son muy interesantes, pero que se pierden entre las valiosas- para- nadie “opiniones” de los “traductores”.

2.- Los traductores de subtítulos: A veces he pensado que estas personas simplemente escriben lo que quieren, lo que se les ocurre, como una forma de burlarse de los demás y reírse con eso. Porque muchos de los horrores que he visto en subtítulos sólo pueden venir de una mente con humor peculiar y no a una falta de comprensión idiomática puntual, perdónenme.

3.- Los fiscales de tránsito que te indican que hagas justo lo contrario a lo que señala el semáforo: ¿Por qué hacen esto?. Si hay un semáforo funcionando perfectamente, ¿Por qué están ellos indicándote que avances en rojo y/o que te detengas en verde? ¿Por qué están siquiera allí, si el semáforo funciona?

4.- Los fiscales de tránsito que te indican que hagas exactamente lo que te indica el semáforo: Esto creo que es incluso peor que el anterior. El tipo te indica, como si no supieras lo que el verde significa, que avances. A veces hasta con cara de orden te hacen las señales de avance en verde o de detenerse, en rojo. No entiendo.

5.- Los bisexuales: Decídanse, bróder, que alguno de los dos bandos les tiene que gustar más que el otro, seguro que sí. No puede ser que toda la humanidad tenga vida con ustedes, compañeros. Aparte, no debe haber nada peor en el mundo que tener una pareja que mira a todo el que pasa, si distinción de sexo siquiera. Ojo, aclaro que no soy homofóbica en lo absoluto, lo que me molesta es la gente indecisa.

6.- El presidente, el vice-presidente, los ministros, sus adeptos y todos los que tengan que ver con el gobierno:
dicen lo indecible, piensan lo impensable y defienden lo indefendible. Vuelven loco a cualquiera.

7.- Los técnicos de Abba de CANTV: Siempre tienen una explicación insólita a las fallas del servicio. Y todas las instrucciones, comienzan así: “Encienda el computadol y espere a que se levante el ambiente güindo. ¿Ya calgó el ambiente güindo? Ahora vaya al panel de control, ahí, haga cli en rede”.

8.- Las recepcionistas de las centrales telefónicas: comúnmente envían tu llamada a cualquier lado, menos al que es.

Y la lista puede ser infinita. Lo que hay que hacer es lidiar como se pueda con estos hacedores de locos y nunca permitir que alcancen su objetivo, bajo ninguna circunstancia.

martes, febrero 06, 2007

Anécdotas curiosas Vol. 17: Sophia y Nelson

Para esta anécdota, sobran las palabras...



Sophia ríe a carcajadas con el gallo de Nelson