sábado, noviembre 18, 2006

¡¡Me voy de vacaciones!!

A mi pequeño y queridísimo público, más fiel que perro 'e rancho:
Les cuento que mañana me voy de vacaciones, por lo que me ausentaré unas semanas de este espacio. Prometo volver en la primera quincena de Diciembre. ¡Nos vemos entonces!
Besos y gracias por pasar siempre a visitar,

Rocío.

viernes, noviembre 17, 2006

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 4: En el cine


Yo soy una fanática empedernida del cine. Una cinéfila declarada. Una amante del séptimo arte. Procuro ir todas las semanas, al menos una vez. En la medida en que mi economía me lo permite, trato de no ir en los días de entrada popular, por una sencilla razón: porque yo soy una fanática del cine, una cinéfila declarada y una amante del séptimo arte. No soy simplemente una persona que encuentra divertido el cine, o relajante el cine, o romántico el cine. No, lo mío es un fanatismo total. Y, para mí, el cine es una experiencia que debe disfrutarse en pleno silencio. Pleno silencio. Silencio pleno.

En una ocasión, teniendo yo once años, acompañé a mi mamá a ver la versión remasterizada de su película favorita, La Cenicienta. Hay una escena memorable en la que los ratoncitos suben la escalera del castillo en cuyo último piso está Cenicienta, encerrada. Gus, el ratoncito gordito, llevaba con mucho esfuerzo la pesada llave que abriría la puerta del encierro, pero era demasiada carga para él, así que a cada momento, se le caía y la volvía a recoger, una y otra vez. La malvada madrastra de Cenicienta se da cuenta de que no tiene la llave en su bolsillo (los ratoncitos se la habían robado) y emprende a toda marcha una carrera hacia la escalera. En ese instante, mi mamá entró como en un colapso nervioso y empezó a gritar:

- ¡APÚRATE! ¡CORRE, QUE YA SE DIO CUENTA! ¡CORRE, CORRE RÁPIDO, QUE YA VIENE SUBIENDO, DALE!!

Yo, pre-púber, ya tenía bastante sentido del ridículo, así que, como pude, traté de hacerla contener esos gritos tan molestos en el cine. Pero ella –que es psiquiatra- me dijo:

-En Psiquiatría se estudia que el cine es oscuro por una razón: para que la gente llore, grite, se desahogue, ría, se exprese en total oscuridad y por tanto, en total anonimato.

Yo no sé si el cine es oscuro por esa precisa razón. Pero cada vez que voy, pienso que hay más de uno que estudió Psiquiatría, o más de uno que sabe nociones de Psiquiatría, o más de uno al que mi mamá le dijo eso, … no sé bien la razón, pero ciertamente hay más de uno al que le encanta expresarse en el cine. Y no me refiero a reír, llorar, o gritar de susto en algún momento de horror. No. Me refiero a la expresión hablada. A la conversación libre en el cine, en total oscuridad y, por tanto, en total anonimato.

¿Por qué lo hacen? ¿Por qué hablan en el cine? ¿Les parece chévere pagar una plata por entrar a un sitio oscuro, lleno de gente que hace silencio en su mayoría, donde se proyecta una película con un sonido normalmente a alto volumen, para conversar? ¿No es mejor hacerlo afuera, libremente, en plena luz, donde nadie les hará shhhh, donde nadie volteará a mirarlos mal, donde el volumen de ninguna película los interrumpirá, donde nadie les dirá que hagan silencio?.

Decía que procuro no ir al cine en días de entrada popular, porque en ellos aumenta considerablemente las posibilidades de encontrarse con gente indeseable. Para mí, las peores especies son las siguientes (y las combinaciones que pueden surgir de ellas, son aún más terribles):

1.- Los que hablan en el cine: Conversan libremente, se ríen de sus propios cuentos, aparentemente ignorando que se encuentra en plena proyección de una película (y que pagó una entrada para ello). Estos son los peores, para mí.

2.- Los que comen perros calientes, pizzas o nachos con queso en el cine: esas nuevas comidas disponibles en el cine, me parece que llenan la sala de olores realmente desagradables. Ojo, a mí me encantan los perros calientes, amo las pizzas y disfruto los nachos. Pero no me gusta sentir en el cine el olor a mostaza, ni el olor a pizza… me parece que no pertenecen al lugar. Encima, no encuentro nada agradable el comerlos en plena oscuridad, donde uno no puede ver si la salsa le ha adornado ahora los pantalones, si una cebollita imprudente se ha alojado en su camisa, si ahora su cartera cuenta con una aplicación de tomate… esto sin nombrar el hecho de que es verdaderamente incómodo comer en la oscuridad, sin ver lo que uno come, punto. Esto no aplica, sin embargo, a las golosinas. Las cotufas y los chocolates me parecen más discretos a nivel de aroma, y aparte, forman parte de la tradición infantil de ir al cine, al menos para mí.

3.- Los que mandan mensajitos en el celular o responden o hacen llamadas durante la función: este es un caso que aún no comprendo. Si esa persona con la que te estás enviando mensajitos es tan importante, ¿Por qué no está contigo en el cine? ¿Es urgente o de mucha relevancia lo que están hablando? Entonces me parecería prudente abandonar la función y dedicarle el tiempo que corresponde a ese asunto. ¿Estás esperando una llamada importante? Fino, atiéndela afuera. Pero no interrumpan los diálogos de la película con un “Aló, épale panita, aquí en el cine ¿y tú?”. Por favor. Y tampoco agregues nuevas condiciones de luz a la sala, con la pantallita resplandeciente de tu celular, mandando y mandando mensajes. De pana.

4.- Los que llegan tarde y pasan HORAS para sentarse en su asiento: Estos son de terror, su silueta a contraluz se torna a veces demasiado lenta en su paso hacia los asientos. Eso, sin contar cuando en plena película te preguntan “¿Ese asiento está ocupado?” Es el caso menos condenable de todos, pero incomoda igual.

5.- Los que patean la silla de uno: Qué incómodo es cuando en la fila de atrás le toca a uno un pateador. Qué manera fastidiosa de interrumpirle a uno su película.

6.- Las madres traductoras: Hay madres que parecen ignorar que su hijo no se encuentra en edad de leer y que sólo habla español. Lo llevan a películas subtituladas sólo para dedicarse a traducir y narrar todo lo ocurrido en la película, a su pequeño. No sólo es una experiencia desagradable para el niño (y supongo que para la madre) sino para uno, que nada tiene que ver con el cuento, pero que igual tiene que escuchar en stereo el diálogo de la peli y la interpretación de la madre traductora.

7.- Los que se adelantan a los hechos de las películas, en voz alta: “¡Ay, papá! ¡Va a entrar! ¡Va a entrar y la van a matar, porque el tipo está allá adentro, lo sé!”. Qué fastidiosos son los adivinos en el cine.

8.- Los que entienden tardíamente las tramas de las películas, en voz alta: ¡Aaaah, es que él trabaja es para el negro, con razón!”. Sin comentarios.

9.- Los que comentan la película como si estuvieran viéndola en la sala de su casa, en voz alta, por supuesto: “¿Esa no es la misma tipa de Piratas del Caribe? ¿Cómo es que se llama? ‘Tá buena”. Sin comentarios.

10.- Los que asisten a ver películas de fantasía y las juzgan con valores de realidad, en voz alta: “¡Sí, ya está! Me vas a decir ahora que es posible que alguien sobreviva después de ese tiroteo… ¡Por favor!”.

Y así, puedo enumerar una infinita cantidad de indeseables que pululan por las salas de cine y que me provoca ametrallar sin piedad cada vez que hacen de las suyas. Por eso yo, cada vez que puedo, voy al cine al mediodía o a la medianoche, así evito el gentío. Me siento en la última fila, así evito los que hablan en las filas de atrás y los pateadores. Y no voy a las salas VIP, porque eso de ver una película en una butaca casi acostado, con gente alrededor bebiendo whiskey y comiendo sushi, es un caldo de cultivo para todos los apartados que nombré antes. Y por ende, un caldo de cultivo para mis ganas reprimidas de ametrallar a todos esos sinvergüenzas que parecen saber de Psiquiatría.

jueves, noviembre 09, 2006

Reflexiones de una mente sin oficio Vol. 3: Hablamos español, pero no el mismo idioma

Siempre he encontrado curioso el hecho de que en la mayoría de los países de Latinoamérica hablemos español, pero que, sin embargo, no hablemos exactamente el mismo idioma. Una palabra puede tener múltiples significados en cada país. Y la posibilidad de malentendidos que esto implica es importante. Para los venezolanos y los mexicanos, por ejemplo, un/a “pendejo/a” es una persona tonta, estúpida. En cambio, para los argentinos, un/a “pendejo/a” es un/a joven, un/a chico/a, un/a adolescente. Si a usted un venezolano o un mexicano le dice que parece pendejo, usted está siendo víctima de un insulto frontal, le están diciendo que es el ser más estúpido sobre la faz de la tierra. Pero si un argentino le dice a usted que parece un pendejo, le está haciendo un cumplido a su juvenil apariencia, le está diciendo que luce muy joven, muy bien para su edad o para las circunstancias. Es curioso, ¿no? Algo que es un insulto frontal en un país, puede ser un lindo cumplido en otro. Una vez, estando en México, surgió un malentendido con la mencionada palabrita “pendejo” y sus significados. En una oficina mexicana, un amigo argentino se estaba quejando con sus compañeros -también argentinos- de un joven mexicano que estaba dándole órdenes e instrucciones totalmente fuera de lugar. El amigo argentino entonces dijo:

-A mí ningún pendejo va a venir a decirme lo que hacer.

El joven mexicano estaba justo detrás y al escuchar que fue llamado “pendejo” se ofendió terriblemente. Afortunadamente, el malentendido se resolvió y allí quedó. O al menos eso creemos.

Es común también escuchar en películas argentinas (sucede en “El hijo de la novia”, por ejemplo) a un personaje decir algo parecido a:

-Cuando yo era pendejo, me gustaba jugar al fútbol.

En Venezuela diríamos “¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? ¿Que antes eras pendejo y ahora no lo eres? ¿O que el fútbol es una cosa de pendejos? ¡El fútbol no es ninguna pendejada, y los que lo juegan, ciertamente no son pendejos!". Y es gracioso, porque en realidad el personaje sólo se está refiriendo al fútbol que le gustaba jugar en su infancia.

Las conchas, en Venezuela, son las cáscaras de las frutas, también el hogar de ostras, de los mejillones, de las perlas marinas. En México, las conchas son una especie de bizcocho dulce, infaltable en un desayuno tradicional de ese país. Pero en Argentina y en Chile, la concha, es la parte íntima femenina. La vagina, pues. Los argentinos pueden morir de la risa frente a los anuncios en las panaderías mexicanas “Tenemos conchas como la de tu mamá”. Los venezolanos podemos morir de la risa frente al insulto argentino “La concha de tu hermana” (¿Cómo? ¿Cómo es que tu hermana tiene concha?), ¿Tu hermana es acaso un cambur, o un mango?) los argentinos podrían morir de la risa al saber que los mexicanos mojan la concha en leche para el desayuno…

Y bueno, casos como estos, hay muchos. Esto fue sólo una introducción para mostrarles el comercial que vi anoche en la televisión mexicana y que casi me hace caer de la cama de la risa. Amigos venezolanos, disfruten. Amigos extranjeros, pregúntenme por qué los venezolanos reímos a carcajada suelta frente a este comercial y les contestaré con todo gusto.


lunes, noviembre 06, 2006

Reflexiones de una mente sin oficio. Vol. 2: Sobre mi sobrina, la celebridad

A veces, mi sobrinita Sophia se me antoja una celebridad. Cuando nació, muchos viajamos a verla. Familiares, amigos… un gentío se trasladó a otro país para el magno evento de su nacimiento, el lanzamiento de su existencia. Lo mismo aplicó para la ceremonia de su nombramiento. Todo el mundo hizo sus maletas para estar con ella en ese momento.
Tiene su propia página web, que es visitada y comentada por sus fans alrededor del mundo, a diario. Sus videos y fotografías corren por Internet y son buscados por todos, cada semana. Tiene un club de fans en Venezuela, uno en México, uno en Japón, uno en Miami, otro en Houston. Muchos soñamos con verla, con estar con ella, con tocarla, abrazarla, ser objeto de sus sonrisas, de sus miradas. Todos preguntan por ella y siguen con atención sus movimientos: cuánto pesa, cuánto mide, cuánto ha crecido, si ya come sólidos, que ya probó el agua, de qué se disfrazó en Halloween… Le llegan regalos de todo el mundo. Ya empezó su gira por Norteamérica, con dos presentaciones a sala llena en Washington y en Houston. Se le espera con ansias en Venezuela, que es, quizás, el público que más la anhela, aunque nunca la hayan visto en persona, aunque ella ni sepa que Venezuela existe, mucho menos en qué continente está, como suele sucederle a la mayoría de las celebridades admiradas en nuestro país. Es así, tal cual, una celebridad. Mi gorda bella.